LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

El ateo convertido por su enfermedad

DR. JORGE FUENTES AGUIRRE

Caso de la vida real. 
Nombres cambiados. 
Fundación ESTOY EN TI, Humanismo y Espiritualidad en Medicina.

"No creo en Dios. No me venga con esos argumentos”. Así, desafiante, me recibió ese paciente en mi visita cuando ingresó. Padecía una úlcera sangrante y yo, viéndolo tan nervioso, víctima de ansiedad que se le manifestaba en la inquietud de sus movimientos, trataba de infundirle serenidad.
—Está en manos del mejor especialista, le ponderé. Luego aduje otro argumento más elevado: —Además de confiar usted en su doctor, nosotros confiamos en que Dios lo sanará.
Carlos Lazcano, el prominente empresario internado, repuso tajante, en tono de enojo:
—¡Ya le dije que yo no creo en Dios! Dios debe estar muy ocupado curando beatos de iglesia y mujeres rezanderas. Pero para mí, no existe. 
—No digas eso, Carlos —intervino su mujer—. Dios se acuerda de todos. Tus hijos y yo estamos pidiendo para que te alivies.
—Váyanse a la cafetería a comer algo en lugar de perder el tiempo—le replicó cortante. Luego, abrió su periódico y empezó a leerlo, ignorándonos.
Contra el consejo de su médico, que le había recomendado reposo mental, el día siguiente recibió en su cuarto al contador de su empresa, que le llevaba informes de finanzas. No serían alentadores, pues cuando volví a verlo estaba contrariado. Y además enfadado contra el doctor, quien le había dicho esa mañana que aquellas preocupaciones recientes le habían reactivado su sangrado. Al parecer tenían que operar para contenerlo. Por lo pronto, estaba en espera de estudios radiológicos. Cuando salí de la habitación, él miraba fijamente a la pared, sin hablar.
Tres días después el paciente estaba sedado. Lo habían intervenido por su hemorragia y recibía una transfusión. En el corredor había mucha gente: familiares, amigos, personas que serían del mundo de los negocios, pues andaban por allí muy de traje, paseando su aire de importantes, charlando sólo entre ellos. Y mientras ellos, que por estar sanos se ocupaban con tanto interés de materialismos intrascendentes, Carlos Lazcano Rivera, el ejecutivo que dirigía la empresa donde ellos trabajaban, se veía reducido a su limitación humana puesta al descubierto por la enfermedad.
Cuando pasaba visita al día siguiente, una enfermera me dijo: 
—Doctor, don Carlos, del 124, quiere hablar con usted—. Entré al cuarto. —Por favor siéntese, doctor. 
Me llamó la atención el tono amable del señor Lazcano. Y más me sorprendió lo que me dijo: 
—Doctor, ayer estuve yo muy grave. Y entre esos pensamientos, se me vino a la mente que los que no creemos en Dios no tenemos nada a qué aferrarnos cuando estamos por perder la vida. Ni tampoco nada qué esperar cuando morimos. —Hizo una pausa para recuperar aliento. Luego continuó en voz débil—: 
—Si yo he estado diciendo que no existe Dios, ni nada más allá de esta vida, entonces, ¿Qué queda de nosotros cuando nos morimos? Todo esto me puso a pensar mucho, doctor.
—Fue Dios quien le mandó este pensamiento —le dije. Y continué—: 
—Ya que usted me permite este diálogo, le diré algo más, don Carlos: le diré que no se preocupe. En este mundo moderno de tanto activismo, hemos echado a Dios por la ventana. Pero llega un momento en que por alguna circunstancia nos convencemos de que Dios es lo más importante que tenemos en nuestra vida. Es importante para darle sentido a nuestro vivir, para encontrar la razón de creer, y de confiar, y de amar. Es importante para vivir en el interior de nuestro ser, dejando de pasar los días en la rutina superficial, en la frivolidad, entre las cosas pasajeras. Dios nos es importante para esperar una vida más allá de este mundo, don Carlos. 
—Bueno, ya después seguiremos discutiendo de todo esto.
—Discutiendo no. Platicando, sí— le dije. Y me despedí de él, sonriéndole. 
En mi visita siguiente, dos días después, me sentí inoportuno. Entré y salí de inmediato del cuarto por lo que había visto dentro. Lo que vi fue que en derredor de la cama estaban su esposa y sus hijos orando con Carlos Lazcano. ¿Qué había sucedido? Lo supe después por su esposa. 
—Cuando Carlos vio cerca la muerte, le hablamos de confiar en Dios. En ese trance de verse tan grave, él tuvo miedo y me pidió que le rezara alguna oración. Yo le recé un Padrenuestro, y le dije: —Reza tú también, Carlos. Es como si le hablaras a tu papá para que te salve, Carlos. 
—Lo demás ha venido sólo —siguió diciéndome su esposa—. Ahora nos pide que recemos junto a él. Dice que siente que eso le calma por dentro.
El día que fue dado de alta, el próspero empresario me dijo: 
—Doctor, usted tiene sus dudas de que yo ya crea en Dios, ¿verdad?
—No —le dije—. Yo sé que usted ya cree en Dios. Él asintió. Le palmeé la espalda y agregué:
—Y sé también, don Carlos, que Dios ha creído siempre en usted.
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