LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

Tu interioridad: dos mundos que luchan

DR. JORGE FUENTES AGUIRRE

Hay en el país de la vida dos hemisferios. Uno es luminoso, oscuro el otro. No hablo de geografía terrestre. Me refiero a esos hemisferios opuestos que se encuentran en el mundo interno de cada uno de nosotros.
Allí en la intimidad, en lo profundo de la entraña personal, estamos habitados por dos realidades de vida totalmente distintas entre sí; tan distintas como nuestra propia guerra interior, o nuestra propia paz. La maravilla es que también llevamos en lo íntimo la capacidad para elegir en cuál de esos dos territorios queremos pasar cada día, si en el de las tinieblas o en el de la luz.­
El país interno de las tinieblas es de lucha constante entre nuestra persona y el ambiente que nos rodea, provocándonos un estado de alta tensión y de estrés, que causa  más muertes por infarto y por desgaste orgánico que las balas del crimen organizado. El país de la luz, en cambio, es un lugar dentro del ser humano que conduce a actitudes pacíficas de afecto y de armonía, de comprensión y de perdón.
Vivir en el lado de las tinieblas hace que la persona ande triste, pesimista, desanimada. Habitar dentro de la frontera de la luz lleva a la persona a pasar el día alegre, a tener ganas de hacer las cosas, a ver los horizontes con optimismo y esperanza.
Las situaciones de la vida allí están fuera de nosotros. Somos nosotros quienes les damos importancia y tamaño en nuestro pensar. El psicoterapeuta Maxwell Maltz, creador de la Psicocibernética, puso en palabras muy simples algo que el género humano ha conocido desde que existe, pero no había verbalizado:
"Todas las cosas y todos los acontecimientos tienen la dimensión que nosotros mismos les damos. Un suceso será tanto más grande, o más pequeño, en la medida en que lo agrandemos en nuestra mente, o dejemos de darle importancia”.
Quien vive en el país de las tinieblas libra formidables combates  frente a cosas que no lo merecen por intrascendentes o pasajeras, o ante situaciones que no puede modificar absolutamente nada y lo desgastan orgánica y mentalmente. Quien vive en el territorio de la luz posee la sabiduría para dimensionar cada suceso ponderándolo sin dejarse abatir ante lo efímero o  lo irremediable.
Hay algo más profundo: quien decide vivir en el país donde reina la paz, logra la conquista del dominio en su propia persona y le encontrará plenitud y sentido a su existencia, llenando cada minuto de su día, sintiendo la vida con intensidad. Vivir en el lado oscuro de la existencia, en cambio, conduce a una falta del porqué de cada día, camino éste el más directo hacia la depresión. Hasta al saludar se nota a quien va caminando por los linderos de la oscuridad:
—¡Hola, ¿Cómo estás? —Y la respuesta falta de entusiasmo vital: —Pues ahí pasándola, batallando con la vida. En cambio, aquellos que transitan en el lado iluminado,  se exaltan al contestar en voz alegre: 
—¡La paso muy bien!, ¡Me ha ido de maravilla, de lo mejor! 
En Houston conocí una anécdota relatada por el presidente Kennedy. Un día visitó las instalaciones de la NASA, y entrando al área de sanitarios, saludó a un joven afroamericano que lustraba afanosamente el piso.
—¿Cómo estás? —le preguntó Kennedy en tono afable. 
—Muy contento, señor Presidente —le respondió—. ¡Estamos enviando un hombre a la Luna!  
El lado oscuro del interior humano es estepa y desierto, peñas y zarzales, celaje nublado con presagios de tormenta. El lado de la luz es foresta y pradera, pájaros y flores, brisa y cielo azul.
Los que habitan en el lado oscuro tienen las arideces reflejadas en el semblante: se les ve la mirada apagada, adusto el gesto, fruncido el ceño y arrugada la frente. Parecen como a disgusto de haber nacido, cual si una angustia interminable les atenazara el ser. Andan nerviosos e inquietos. Cuando participan entre personas comunican dificultades; en vez de una solución a determinada circunstancia, inducen dos problemas más. Los habitantes del lado luminoso tienen brillo en sus ojos, tersura en su semblante, entusiasmo en sus ademanes. Actúan ecuánimes en los trances difíciles, trasmiten serenidad a los demás, encuentran aspectos positivos aún en las adversidades.
Quien habita en el lado oscuro vive dentro de sí mismo, introvertido, en un egocentrismo constante. Tiene a su persona y su prestigio como centro de importancia universal, con un único personaje mundial de conjugación en la vida: Yo, Mí, Me. A mí, Para mí, Conmigo. Quien vive en el lado luminoso tiene el interés de su centro vital fuera de sí mismo. Vive entregado a los demás. Vive al servicio de su prójimo, realizando constantemente la vocación que Dios inseminó en cada ser humano al darle la vida, la vocación del amor. Ya lo dice el cantar: "Amar es entregarse, olvidándose de sí, buscando lo que al otro pueda hacer feliz”. Ya lo dice Jesús en su Evangelio: "Nadie tiene más amor que aquel que da la vida por sus semejantes”.
Hay en el país de la vida dos hemisferios. Uno es luminoso, oscuro el otro. En el lado oscuro está el vivir entre materialismos, placeres efímeros, acciones intrascendentes. Aspirando siempre a la fama, al poder, al dinero. En el territorio luminoso está la condición humana del vivir de piel hacia dentro, en la interioridad del ser, en el palpitar del espíritu sencillo, manso, bueno. Haciendo íntima realidad el decir de Santa Teresa: 
"Nada te turbe, nada te espante; en este mundo todo se pasa; quien a Dios tiene, nada le falta”.
Son éstas las personas que van por la vida con Dios adentro, revestidas de señorío, de serenidad y de paz.
Comentarios

El Diario de Coahuila - Todos los derechos reservados. (2005-2016)