LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

Las ventanas que abre Dios

DR. JORGE FUENTES AGUIRRE

Las ventanas que abre Dios
(Caso real. Nombres cambiados)
Entré a visitarla en su ingreso al hospital. La habían internado de urgencia la noche anterior por tentativa de suicidio con barbitúricos. Era Lorena, muchacha muy guapa de 28 años. Recabé los antecedentes. Lorena Fonseca González era graduada de la Facultad de Jurisprudencia como alumna distinguida. Su padre le había heredado una buena clientela de aseguradoras cuando él se retiró y ella trabajaba boyante.
Marcelo era su novio. Se conocieron en el despacho de ella, cuando él acudió a solventar ciertos trámites de unas pólizas de seguros pendientes, y fue como eso que llaman amor a primera vista. De los novios que había tenido, ya ninguno estaba en su panorama sentimental. Pero éste que le había surgido con Marcelo era diferente, más maduro, más consciente de lo que querían como pareja. Tras un año ya estaban comprometidos.
Ahora, por un giro inesperado de la vida, Lorena estaba en el hospital. Diagnóstico: Falla orgánica múltiple por tentativa de suicidio. Había estado comatosa en Terapia Intensiva.
Sumida en la poltrona, en actitud deprimida, tenía su semblante triste, sostenido entre sus manos blancas, y la mirada clavada en el suelo. Era una triste imagen de belleza de mujer, apagada por la amargura de espíritu. Y en verdad estaba amargada, según su recibimiento huraño.
—Vengo a poner a sus órdenes nuestro Hospital. Está en las mejores manos con su médico y nosotros… —Ustedes… Para ustedes todo es muy fácil —me atajó—. Son muy comedidos —dijo en tono burlón, y calló. Luego empezó a sollozar moviendo la cabeza en ademán negativo. —Si pasaran por lo que yo paso…! Aproveché la coyuntura:
—¿Puedo ayudarla en lo que le está pasando? —Sí —dijo despectiva, desafiándome—. Devuélvame a mi novio que se mató en un accidente el domingo. Íbamos a casarnos la semana que entra.
—Sé que es muy difícil —le dije—, y… Ella volvió la mirada hacia la ventana, desdeñándome. No hablé más. Le di los buenos días y salí de su cuarto.
Al día siguiente la vi caminando en el corredor acompañada de un niño. —Es mi hermanito —me dijo en voz que noté muy apagada—. Ya me dio de alta el doctor, pero a lo mejor aquí nos vemos pronto. Entendí su presagio de reincidir. Y decidí que urgía hacer algo por ella. Y pronto. Hube de improvisar una argucia como solución.
—Antes de que te vayas —le hablé de tú deliberadamente para amistar— ¿me acompañas a mi oficina? Es que necesito tu orientación. Noté que se extrañó, como si por primera vez alguien le dijera necesitarla.
—Tengo una paciente de tu edad con cáncer de seno, y quiero que me digas qué decirle. Tú la puedes comprender como mujer. —Pues ha de tener remedio —me dijo airada.
—Yo creo que lo tuyo también, pero de eso hablamos luego. ¿Vamos a verla?
 Han pasado tres meses de esto, y ya Lorena trabaja de nuevo en su despacho. Hace días la encontré en el hospital haciéndose análisis. 
—¿Puedo hablar con usted? Y allí en la cafetería, llorando, me confió todo. 
—Cuando estaba internada, todavía pensaba volver a intentarlo, pero vi a su paciente, la del cáncer, y supe de otros enfermos desahuciados, todos luchando por vivir. ¡Y yo tratando de matarme! ¡Qué tonta fui! 
—Me duele mucho la pérdida de Marcelo —continuó—,  pero bien dice mi madre, estoy joven y Dios dirá en el porvenir. Además, la psicóloga me ha ayudado a descubrir el sentido de mi vida. Dice que valgo por mí misma, no por un novio vivo o muerto. 
—Te quisiste salir del cine antes de terminar la película —le dije bromeando—. Ella sonrió levemente, y me dijo: —Con los golpes de la vida, se nos cierra el mundo, pero Dios nos abre una ventana. —Sí —le dije—. Tienes razón, Dios nos abre una ventana para salir a otro futuro luminoso que nos espera. —Pero doctor… duele mucho. Insistió en tono dolorido. Y empezó a llorar. La llevé a mi despacho. Cerré la puerta y quedé a solas con ella.
—Llora cuanto quieras —le dije. Llora cuanto puedas. Desahógate, Lorena. No tenemos medicina capaz de llegar al fondo de donde salen las lágrimas. Por eso Dios nos dio el don de las lágrimas.
—Sí doctor, pero ya es mucho lo que he llorado. —Tal vez te faltan aún lágrimas qué sacar de ti, Lorena. Llorar te hace bien. Tu dolor, tu tristeza, son sentimientos de un ser que está vivo. ¡Tú ser está vivo. Lorena!  Y estar viva significa que la calamidad te dejó la vida para superarla, para rehacerla hacia nuevos horizontes.
Ella dijo que sí con la cabeza sosteniendo un pañuelo entre sus manos, cerca de sus ojos, y yo la dejé en mi despacho, llorando a solas. Era  la ternura de su alma fluyéndole  por los ojos.
Y yo sabía que con cada lágrima que le brotaba, ella estaba sanando más.
Comentarios

El Diario de Coahuila - Todos los derechos reservados. (2005-2016)