LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

A los recién graduados en Medicina

DR. JORGE FUENTES AGUIRRE

Dedicado por la Fundación ESTOY EN TI, Humanismo y  Espiritualidad en Medicina
   
El día que la Universidad me confirió el título de Médico, yo creí que ya lo era.
Había hecho mío el conocimiento de la anatomía y la fisiología, el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades. Y así, con mi ser de científico colmado de saber con pretensión de omnipotente, me fui por el mundo a ejercer la Medicina.
Todo iba bien al principio. Los medicamentos que prescribía controlaban las afecciones de mis pacientes, y mi bisturí extirpaba y reconstruía con éxito sus tejidos dañados. Pero muy pronto la corona de mi erudición médica sufrió una lastimosa abolladura.
Amanecía un domingo cuando me llamaron de urgencia del hospital para operar a un niño de barrial pobre agredido por un perro que le destrozó el rostro y el cuello. Sangraba abundantemente y estaba agonizando. En medio de continuas trasfusiones reconstruí con minuciosa corrección las estructuras desfiguradas, pero en los días siguientes noté que a pesar del agradable resultado de mi cirugía, el niño seguía abatido, desmejorándose cada día, derrotando el optimismo que la ciencia me permitía. Entonces me di cuenta de que yo estaba enseñado para tratar enfermedades, pero no a personas enfermas. Me lo mostró ese niño de ocho años que no sufría por sus heridas, sino por la falta de su padre, prófugo del hogar. De poco me servirían todas mis teorías para aliviarlo. Necesitaba también confortarle en su turbación emocional. Con ello percibí que la Medicina auténtica no consiste en combatir la enfermedad como si el enfermo fuera unas hojas de análisis y de expediente, sino en atenderlo como persona en su integridad orgánica, anímica, emocional y espiritual.
Hora tras hora iba descubriendo que era más lo que yo ignoraba que lo que creía saber, y que ser un verdadero médico no se logra con la obtención del título profesional, pues por encima del conocimiento científico certificado, está la compasión y la entrega para con el semejante que padece, a fin de atenuar sus dolores físicos, atenderlo en lo íntimo de sus temores, y confortarle en su interioridad que sufre.
En el ejercicio de mi profesión he presenciado el nacimiento de una criatura escuálida en una pobre choza, y el del bebé rozagante que ve la primera luz rodeado de flores en una clínica para ricos. He atestiguado la agonía atemorizada del bravucón que siente escapársele la vida por los agujeros de una bala, y he estado ante los últimos estertores del anciano que deja el mundo con una plegaria de paz en sus labios. Y entre esos extremos de vida y de muerte, he quedado maravillado ante los prodigios que obran en la evolución de las enfermedades la fe en Dios y la firme voluntad de superar los padeceres con un inquebrantable sentido positivo de la vida, despedazando con ello triunfalmente las estadísticas médicas y los pronósticos de las eminencias.
A través de los sesenta años en mi práctica profesional, descubrí que tras los síntomas que manifiestan los pacientes clama el conflicto anímico que los ha originado, conflicto que anda por los consultorios buscando encontrar a un médico que lo reconozca, lo entienda y lo conforte para aliviarlo. Pero... ¡qué lejos están las páginas de los textos médicos y los sofismas de los catedráticos de estos asuntos íntimos de la vida humana! Por eso declaraba mi maestra, la Dra. Elizabeth Kübler-Ross durante mi doctorado en Estados Unidos: "El ejercicio exitoso del quehacer médico no tiene nada que ver con lo aprendido en la carrera de Medicina. El verdadero médico se forja en la cabecera de los enfermos”.
He visto frente a mí la expresión desesperada del adinerado que no se explica cómo sus dineros no pueden comprarle una hora más de vida, y me he acongojado al ver el rostro afligido del pobre que vende su sangre para dar de comer a su prole. He estado ante el hombre de mundo, antes soberbio y arrogante, ahora intimidado hasta lo risible por una  erupción de su piel, y me he arrodillado para besar la frente de una madre que oculta los dolores de su cáncer por no molestar a sus hijos. Con todo ello he percibido lo distinto que es cada paciente, y el grave error que se comete al generalizar con ligereza en el tratamiento de los enfermos. Como si todos los pacientes fuesen iguales. Como si no tuviese cada uno sus muy propios sentimientos y circunstancias.
He hurgado entre mis dedos la  milagrería de los tejidos orgánicos en las entrañas de la vida, y cada día se graba más en mi conciencia que mis manos son sólo un modesto instrumento entre mi Dios y mis enfermos. Por ello, en ese filtrado de conocimientos que nos da la experiencia, me quedó la firme convicción de actuar con humanismo y espiritualidad ante quien padece, no como médico científico trepado con petulancia en su torre de marfil, sino de ser humano a ser humano, en la dilatada igualdad que nos proviene de la condición humana. Este es el contenido de actitud medular que me llevó a crear mi Fundación "Estoy en ti”, colegiada al Sistema Internacional de Salud Christus Muguerza, con el objetivo de  rescatar a los profesionales de la salud de la grave despersonalización que sufre la práctica médica actual.
Escribo estos pensares dedicándolos a la nueva generación de profesionistas en las Facultades de Medicina de nuestro país. Pido a Dios, o al Ser Superior en quien cada quien de ustedes crea, que les infunda en su profesión la elevada virtud de pasar de la ciencia a la conciencia. Dejar de vivir en el racionalismo científico y en la tecnología para convertirse en emisarios de humanismo y espiritualidad trasmitiendo con ello salud a sus enfermos, y del supremo saber de cómo conducirse con actitudes de trascendencia infinita ante la persona que agoniza.
Practicar la Medicina con el corazón en las manos. Con compasión hacia el que sufre. Y con pasión al ejercer nuestra vocación alejada de políticas y sindicalismos que siempre la corrompen.
Porque después de todo, nosotros los médicos sólo somos humildes intermediarios del Señor que nos ha encomendado la misión predilecta de Cristo: extender su ministerio sanador. 
Para que, cumpliéndola, lleguemos todos a merecer un día el noble título de Doctor en Medicina.
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