LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

El sabio de microscopio y de rosario

DR. JORGE FUENTES AGUIRRE
viernes, 11 de octubre de 2019 · 05:28

La historia de la Medicina se ha escrito, como todos los tratados de historia, mencionando el acontecer con los protagonistas y la fecha de los hechos, nada más. Tales libros siempre me han parecido secos de substancia humana, asépticos, químicamente puros. 
¡Hay que humanizar la historia! Pensé. Y puse manos a la obra. Escribí un libro, ahora en preparación a publicarse por Obra Nacional de la Buena Prensa, al que di por título “¡Y Dios creó al médico! Del hechicero al rayo láser, pasando por otros emisarios de Dios”.  Llené sus páginas con la vida de los personajes de la historia médica: sus sentimientos, sus afectos, sus penas y alegrías, en fin, datos desconocidos que no figuran en otras obras. De hecho mi libro no es una historia de la Medicina. Es la historia de Dios influyendo en el ministerio universal de sanar al enfermo.
Uno de sus capítulos se refiere al insigne Louis Pasteur en su cualidad desconocida de la intensa espiritualidad que le brotaba de su persona de químico, bacteriólogo, dominador de la rabia en el ser humano, y Doctor Honoris Causa en los más altos círculos médicos europeos.
Pasteur (1822-1895) nació en Dôle, Francia, hijo de un curtidor de baja escala. Dado que su madre era admiradora de los grandes artistas de la pintura, su hijo decidió estudiar en la Escuela de Arte de Besanzón, obteniendo el grado de bachiller. Mas en su fuero interno, el flamante graduado se inclinaba por las Ciencias Naturales, siendo así que sus padres lo enviaron a la Escuela Normal Superior de París, donde se interesó por la Química, ciencia en la que llegó a ser profesor en la Universidad de Estrasburgo en 1847. Pero al mismo tiempo le transcurrían a Pasteur otros afanes sentimentales: se enamoró de la bella hija del rector de la universidad, Marie Laurent, con quien tras un corto noviazgo se casó en 1849.
Dicha y bienestar con los cinco hijos que procrearon. Pero no hay paraíso sin serpiente: sucedió que tres de los pequeños fueron atacados por la plaga de tifus y fallecieron, desgracia que causó inmenso abatimiento en mamá Marie, y papá Louis, quien superó su pesar entregándose a investigar en el post grado de Bacteriología la causa de las plagas como la que había exterminado a sus tres infantes.
La joya de la corona científica de Louis Pasteur fue haber descubierto el virus de la rabia, produciendo en su laboratorio la vacuna antirrábica que tantas vidas ha salvado en la humanidad. El 6 de julio de 1885 la aplicó por primera vez con éxito al niño Joseph Meister. Por esta trascentental aportación, Pasteur es enaltecido como “Eminente pilar de la Medicina y fundador de la Microbiología”.
Una faceta del Dr. Louis Pasteur que no suele ser mencionada por los historiadores es su acendrada espiritualidad católica y su fervorosa devoción a la Virgen María. Relataré un acontecimiento, casi desconocido, que ilustra claramente ese místico amor que Pasteur tenía hacia la Madre de Dios.
Cierto día viajaba en el tren de París a la ciudad francesa de Lyon, honrado con dictar la Conferencia Magistral sobre “El origen de las enfermedades infecciosas”. Lo acompañaba su alumno Èmile Roux, a quien debemos el apunte de aquel suceso. Escribió Roux:
“En el tren iba, en el asiento de frente, un elegante joven leyendo su periódico. De vez en vez echaba un vistazo a mi maestro, que ya denotaba edad avanzada por su barba y cabellos canos. Notó que Pasteur tenía los ojos cerrados mientras musitaba algo inaudible pasando entre sus dedos las cuentas de lo que al atildado galán le pareció un collar. Aquello lo  intrigó, aventurándose a preguntarle: 
– Perdone señor, ¿qué es lo que viene haciendo con ese collar? 
Pasteur sonrió, contestándole afablemente:
–No es un collar, señorito. Es un rosario; lo vengo rezando. Son oraciones a Dios y a la Virgen María.
El muchacho se mostró extrañado.
–¿A Dios y a la Virgen? Con todo respeto, señor, pero ¿A su edad cree en esas cosas?
Pasteur no se inmutó. Al contrario, mostró interés hacia la actitud del muchacho. Sin dejar de sonreír, le dijo: 
–Mire joven, también respetuosamente, esto no son “esas cosas” como usted dice. Dios y María son personas. Existen en mi espíritu. Y ¿sabe qué? Daría mi vida por ellos. 
El joven dejó su periódico, más intrigado aún. 
–¿Daría la vida por ellos? Han de ser muy importantes para usted. 
–Y para usted también, amigo. Sólo que deduzco que usted no los ha conocido. Lo invito a que uno de estos días asista a un templo católico. Allí encontrará a mis personajes, que serán también suyos.
El muchacho no resistió la curiosidad y le preguntó:  ¿Con quién tengo el gusto, señor?
–Me llamo Louis Pasteur, soy químico y médico. 
El joven quedó perplejo, enmudecido. Al fin habló, casi tartamudeando:
– Señor, usted perdone. Yo soy Jean Philippe Truseau, abogado al servicio de la corte de Su Majestad. Ahora sé con quién tengo el honor de venir hablando. Disculpe mi insolencia, señor. Leí que usted descubrió la rabia. Si usted, siendo tan gran científico cree en Dios y en la Virgen, debe de valer la pena tener esas convicciones. Haré lo que usted me recomienda, iré a un templo católico.
Pasteur levantó su rosario, mostrándoselo, y le dijo:
–Ellos lo van a estar esperando allí.

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