OPINIÓN JOVEN

Esperemos que así sea

ORLANDO NAÚN RODRÍGUEZ REYES
sábado, 23 de marzo de 2019 · 00:08
Existen diferentes opiniones acerca de lo deseable que resulta la democracia interna en los partidos políticos. Se maneja que la lógica que aplica al sistema democrático debe aplicar también a los asuntos internos de las organizaciones partidistas. El objetivo de la democracia es que la gente tenga el derecho a escoger. A través de las elecciones, seleccionan y adquieren control sobre sus dirigentes políticos. Así como ciudadanos de una nación están facultados para votar en las elecciones, así los miembros de un partido político deben tener el derecho a elegir o rechazar a sus líderes y candidatos.
Alemania es uno de los países donde el valor de la democracia interna de un partido se consagra en la Constitución de 1949. En materia de los partidos políticos, se establece que "su organización interna debe ceñirse a los principios democráticos”.
La democracia interna de los partidos fue una demanda central de los reformadores del Partido Progresista de los Estados Unidos al iniciar el siglo XX. Se quejaban de que "jefes” corruptos de "máquinas políticas” dominaban las organizaciones partidistas en muchas ciudades y estados. Los jefes permanecían en el poder porque habían ganado previamente una elección a cargo público, o porque controlaban a un grupo de oficiales; los oficiales compensaban a sus mentores con empleos, contratos públicos y otros beneficios materiales. Mediante estas prácticas corruptas, una camarilla dirigente conservaba un feudo de poder dentro de las organizaciones partidistas (usualmente en una ciudad). Los simpatizantes del partido recibían pequeños favores si eran obedientes con los líderes, pero no tenían oportunidad para decidir sobre asuntos del partido.
Después del caos de la Convención Nacional del Partido Demócrata para la Postulación Presidencial de 1968 en Chicago, el partido determinó una vez más introducir reformas que incrementaran el poder de los militantes ordinarios y disminuyeran el poder de los "jefes” como Richard J. Daley de Chicago.
Los reformadores norteamericanos introdujeron medidas como las siguientes para fortalecer la democracia partidista interna:
Se requiere que los partidos políticos operen sus asuntos internos de acuerdo con los procedimientos establecidos en las leyes aprobadas por los gobiernos estatales, sujetas a revisión por las cortes.
Hay una elección primaria. Su propósito es negar a los líderes y funcionarios públicos del partido el poder para seleccionar a los candidatos para cualquier cargo electivo (gobernador, alcalde, congresista, etc.). Las regulaciones varían en sus detalles de estado a estado en los Estados Unidos. Permiten que los miembros de cada partido (usualmente definidos como electores que se han registrado como seguidores) voten en la elección interna del partido para elegir a sus candidatos.
Cuando se trata de la nominación partidista para la elección presidencial, el proceso es más complejo, pero también diseñado, desde 1968, de tal forma que permita a los miembros ordinarios voz. Los delegados a la Convención Nacional designan al candidato. Una alta proporción de estos delegados son seleccionados en sus propios estados, también por medio de una elección primaria o de una serie de asambleas partidistas. Estas juntas deben ser organizadas de forma tal que garanticen que los electores que están registrados como seguidores partidistas sean oportunamente notificados y estén en posibilidad de participar.
Podría ser razonable argumentar que la característica esencial de la democracia involucra la elección entre distintos partidos políticos y candidatos. Cuando el elector tiene esa opción, la estructura interna de cada partido es irrelevante. Si a un votante no le gusta el modo como se conduce el partido, tiene la opción de votar por otro. El riesgo de la falta de popularidad electoral es la mejor garantía contra un comportamiento dictatorial o corrupto de los líderes del partido.
Una comparación con la economía ilustra este punto. Una vez que el consumidor puede elegir entre diferentes tiendas, o entre los servicios de diferentes compañías, no importa cómo se organicen esas tiendas o compañías. Más que exigir que los directivos de las empresas sean responsables o les rindan cuentas a los consumidores, aquellos que no estén satisfechos con el producto o servicio tienen la capacidad de elegir otro. La especulación y otro tipo de abusos sólo pueden florecer cuando la elección del consumidor es restringida.
Hay consideraciones prácticas que hacen difícil de lograr la democracia interna de los partidos y dejan abierta la puerta para abusos. En tanto que sea probable que una porción relativamente elevada de electores participe en las elecciones generales, solamente una pequeña, aunque muy entusiasta minoría tomará parte en las elecciones partidistas internas, tales como las primarias. La experiencia muestra que aquellos que participan en las elecciones primarias no son representativos del partido en su conjunto. Son más ideologizados y extremistas.
Como en otros temas previos y posteriores, éste no trata de inclinarse hacia un lado u otro sobre lo que constituye un debate complejo y permanente.

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