NADANDO ENTRE TIBURONES

El costo de los buenos deseos

Víctor Beltri / Excélsior
martes, 23 de abril de 2019 · 00:00
Las imágenes son espeluznantes. La sangre, los cuerpos, las sillas desperdigadas en desorden en lo que —unos segundos antes— era la fiesta de una familia, con adultos y niños. Una masacre en la que han perdido la vida —hasta el momento— 13 personas, incluyendo a un bebé de un año. Trece personas. Un bebé, Santiago, hijo de César Hernández, ‘‘El Volvo’’, que también falleció. La madre —¿por qué nadie menciona su nombre?— continúa, entre la vida y la muerte, en el hospital.
Trece personas más. El primer trimestre del año ha sido el más violento de la historia de nuestro país, con ocho mil 493 homicidios dolosos en el territorio nacional, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Una cifra alarmante, sobre todo si se toma en cuenta que, para el mismo periodo en 2018, el número de decesos había sido inferior en casi un diez por ciento, con siete mil 750 casos registrados, y éste, de por sí, había sido el más alto de la historia registrada. El país estaba en llamas, es cierto: aducir, en cambio, que el incremento de un 10% —tras haber implementado una nueva estrategia— es consecuencia de la inercia de administraciones pasadas, no lo es tanto. El incremento es, en realidad y más que el resultado inicial de una política pública, el costo de los buenos deseos.
El costo de los buenos deseos de quien ahora ocupa —detenta, según sus propias palabras— la titularidad del Poder Ejecutivo. Buenos deseos que no aterrizan, por ningún lado: la estrategia de seguridad, basada en una amnistía sin sentido y soportada por la inactividad del Estado, no sólo no ha terminado con la violencia, sino que ha rendido los frutos descritos con antelación; la estrategia económica que rescataría al país, a pesar de haber prometido un crecimiento de 4%, podría rendir resultados —de acuerdo con las principales autoridades económicas internacionales— inferiores al 1%; la estrategia energética, que retornaría la soberanía a nuestra nación, está basada en fuentes condenadas a la extinción en el corto plazo. La corrupción no terminó tras la cancelación del aeropuerto, la confianza en nuestro país no aumentó tras el apoyo a la dictadura venezolana. La justicia, definida como tal por una persona, no puede estar, de ninguna manera, por encima de la ley.
Los buenos deseos han tenido un costo, que no un beneficio: el país no es más seguro, más próspero, o más soberano. Más legal. El país es más vulnerable, sin embargo, al cerrarse a un mundo que le demanda, al erosionar sus instituciones, al renunciar al derecho de crítica y crucificar a quien cuestiona a su falso profeta. El país está más dividido, con un líder que dispendia etiquetas a quienes se le oponen, y les hace advertencias para que se porten bien; el país está paralizado, entre una coyuntura internacional que al Presidente no le interesa, y un gobierno que no puede ejercer sus funciones ante la inquietud cotidiana de las conferencias mañaneras, en las que todo puede cambiar de rumbo. Los buenos deseos son un obstáculo.
Un obstáculo que sólo puede ser salvado por la sociedad civil. El diagnóstico de Andrés Manuel no estaba equivocado: es indudable que el sistema anterior no podía continuar. Un sistema que ha sido agotado, y que sufre sus últimos estertores en la escaramuza cotidiana; las soluciones, sin embargo, no son las correctas: la nostalgia de López Obrador por los 70 —y el provincianismo de su perspectiva— nos perfilan hacia un país —de nuevo— perdido en los buenos deseos. Los buenos deseos irrealizables.
México ya cambió, y no hay vuelta atrás. Hay destrozos considerables y, hasta el momento, muchas cosas por reparar. Y por definir, tras el arribo de la cuarta transformación: no lo pueden hacer solos, no tienen la visión, no saben para dónde. No tienen sino buenos deseos; no saben el rumbo, y no tienen quién lo marque: ése, y no otro, es el papel actual de la oposición.

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