Una mula de siete cuartas

Dora E. Molina Guerrero
sábado, 14 de septiembre de 2019 · 00:00

Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido. Esta frase nos va muy bien a los mexicanos que turisteando por Oaxaca, nunca visitamos las galerías de arte, patrocinadas por uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX y lo que va de éste, reconocido mundialmente por sus colores y estilo.
Me refiero a Francisco Toledo López, nacido en la tierra del mezcal, concretamente en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, en el año de 1940 y desde que dio sus primeros pasos supo que no podría abandonar su tierra y sus costumbres, por lo que pese a sus largos viajes para aprender más sobre técnicas y estilos, regresaba siempre a sus orígenes.
En pláticas con mis amigos, en alguna ocasión escuché hablar de Francisco Toledo, su talento y lo grandioso de su obra, pero sobre todo porque a nivel local era muy apreciado por algunos habitantes de los pueblos indígenas, de los cuales era ferviente admirador, pero mejor defensor.
Nunca me interesó conocer más sobre Toledo por flojera e ignorancia, no puede ser por otra causa, ya que ahora que murió y la gente empezó a nombrarlo, me di a la tarea de leer, para conocer más sobre él y su obra y la verdad es que me arrepiento no haberlo conocido antes.    
Sobre todo porque hace poco menos de un año visité Oaxaca y me perdí de haber conocido el Instituto de Artes Gráficas, fundado por él, o el Museo de Arte Contemporáneo, o visitar el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, el Museo de Pintores o el Centro Cultural Santo Domingo.
Todos estos lugares que deberían ser de gran orgullo e interés nacional, pero que son más visitados por los turistas de otros países, muchos de ellos, por no decir que todos fueron concebidos y patrocinados, cultural, intelectual y económicamente por el artista oaxaqueño.
Dicen los que escriben de él y que lo conocieron que fue un hombre extraordinariamente sencillo, pero no por eso común, ya que además fue un reconocido activista que tenía en mente que las costumbres y cultura de Oaxaca deberían predominar por encima de muchos otros intereses como por ejemplo el gastronómico.
Era un férreo opositor a las hamburguesas y más de una ocasión encabezó marchas, mítines y plantones, ante las autoridades correspondientes para evitar que empresas trasnacionales se posesionaran de lugares históricos o trataran de reemplazar algunos sitios tradicionales de ese pueblo.
Se le vio regalando tortillas de maíz criollo a los transeúntes locales y turistas, en defensa de la cocina oaxaqueña, además de rescatar algunas técnicas pre hispánicas para elaborar papel, como es el caso del taller ubicado en la comunidad de Etla, en donde organizó a las mujeres para que elaboraran papel orgánico, naciendo así una fuente de empleo digna de conservarse.
No era extraño verlo sentado en la acera de cualquier calle, platicando con la gente, casi siempre pintores, escultores y poetas. Resaltaba su delgada y desaliñada figura, siempre con sus huaraches bien puestos y su ideal de luchar en contra de la deforestación y destrucción de la naturaleza.
Murió el pasado cinco de septiembre a los 79 años, pero dicen los que saben de pintura que ha dejado un gran legado a la humanidad porque su obra, si bien no se asocia con la belleza, sí con el colorido y la fantasía del mundo animal, pues lo mismo pintaba un insecto, una serpiente, iguana, sapos y murciélagos, que lo extraordinario de un amanecer visto con la óptica de un gran artista, al que quizá no se le ha hecho la justicia que tiene bien merecida. Hasta siempre Francisco Toledo.

Correo electrónico: dora_elizabeth_mg@hotmail.com 

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