LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

No te has ido, Luis Horacio, ¡vives más todavía!

DR. JORGE FUENTES AGUIRRE
viernes, 14 de febrero de 2020 · 00:09

Aún está en el ámbito el eco del deceso del ingeniero Luis Horacio Salinas Aguilera. Su muerte ocurrió el pasado domingo 9 de febrero. Hoy quiero hablar de ello, pero aclaro que a mí me es difícil escribir acerca de los muertos. Porque yo no creo en la muerte.
No creo en la muerte de un ser humano en el sentido que suele dársele del acabar para siempre la vida de una persona. Si al hablar de muerte la gente se refiere a que dejó de funcionar el organismo del fallecido, entonces ya nos vamos entendiendo. Es verdad, con la muerte nuestra materia corporal se vuelve silencio y nada. Pero esa es una verdad de superficie, porque aun cuando en el ser humano el cuerpo fenece, le sobrevive su espíritu. Esto se debe a la elevada razón de que una cosa es la muerte y otra muy distinta es pasar por su morir, fugaz instante de paso del ser querido a la Vida que ya no tiene fin.
Uno de los versos más consoladores del fallecer del hombre lo escribió José Luis Martín Descalzo:
“Morir sólo es morir. Morir se acaba. / Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva, / Y encontrar lo que tanto se buscaba”.
Todo Saltillo conoció al ingeniero Luis Horacio, y yo guardo por él un afecto que ahora se me volvió melancolía. Muchas veces le externé mi benevolencia, entre ellas aquel lunes 3 de agosto de 1992, cuando me invitó a agregarme como editorialista en EL DIARIO de Coahuila, fundado y dirigido por él desde el 8 de octubre de 1986. Con tal condescendencia abría para mí un generoso espacio en el que desde entonces mis columnas han perdurado aquí cada viernes durante veintiocho años, con absoluto respeto y libertad a mi ideología personal.
Poco después me tocaría exponer su semblanza en una junta de directivos del Hospital Muguerza de Saltillo, cuando el Presidente del Consejo me pidió presentar al ingeniero Salinas Aguilera como nuevo accionista mayoritario del Hospital. En esa ocasión me referí a mi amigo Luis Horacio como personaje eminente en la vida pública de Saltillo, promotor de numerosos beneficios para la ciudad y empresario comprometido con las mejores causas de bien a la colectividad.
Muchas páginas han hablado ya de las obras del ingeniero Luis Horacio, y no he de repetir aquí su apología. Mas hay algo que sí quiero mencionar de su persona, traspasando los eventos ya mencionados en los medios de comunicación: hablo del hecho de que Luis Horacio ya no esté aquí.
El recuerdo de los otros días en que estaba entre nosotros, nos entristece hasta las lágrimas. ¡Y qué don tan preciado es este de llorar! Tanto como el otro preciado privilegio de recordar que no perdemos jamás al ser querido, porque ya está con Dios, y a Dios lo tenemos siempre. Por eso dijo San Agustín: “Nunca se pierde a quien se ama, cuando se ama en Aquel que nunca se pierde”.
Estos pensares dan a la partida de Luis Horacio la certeza de su infinita trascendencia. ¡Cuán venturoso es morir para volver a nacer!
En uno de mis libros, “Para dar vida a la muerte”, refiero una  experiencia de mi vida de médico demostrando que prevalecen entre nosotros tres temas tabú de nuestro tiempo: Dios, la espiritualidad y la muerte. Percíbelo también tú observando que en las conversaciones cotidianas, de familia, de café, de grupos de amigos, se habla de todo: de política, de la noticia del día, del acontecer citadino, de todo, menos de tres temas: Dios, el espíritu del ser y el morir, cuestiones siempre evadidas. Parecería que Dios no existiese, o que no tuviésemos alma, o que no hubiera muerte; sólo sepelios.
El reciente fallecimiento inesperado de nuestro personaje nos enfrenta a los imprevistos que nos acosan en la vida diaria. Hasta con su morir así de sorpresivo nos dejó una lección: no somos los vivos quienes cerramos los ojos a los muertos. Son los muertos quienes nos abren los ojos a los vivos.
En esta columna, que escribo con la congoja de saber al ingeniero Luis Horacio Salinas Aguilera ausente ya de nuestras calles, de nuestras mesas, de nuestros círculos empresariales, intelectuales y sociales, transmito desde mi corazón a sus corazones mi transido pésame a su esposa Lupitina, a las familias Salinas Valdés y Salinas Aguilera y a sus colaboradores que hacen posible la publicación de este su Diario al que él dio surgimiento a la vida periodística.
Deseo hacer llegar a todos sus seres amados la serenidad que infunde ese himno glorioso de la Liturgia de las Horas:
 “Muerte que das a mi vida trascendencia y plenitud / 
Muerte llena de inquietud como rosa amanecida. / 
Cuando llegues encendida y silenciosa a mi puerta, / 
besaré tu boca yerta, y en el umbral de mi adiós / 
hacia el gran beso de Dios me dispondrás, muerte muerta”.

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