LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES

¿Es cierto que la fe puede sanarte? Caso real - Dr. Jorge Fuentes Aguirre

viernes, 22 de mayo de 2020 · 00:12

Lloraba el abuelo abatido de aflicción en la sala de espera de Terapia Intensiva. Es que su nieto de catorce años moría tras el accidente automovilístico que le destrozó el cuerpo. Tan pronto como fue llevado del siniestro a la sala de urgencias, los médicos le efectuaron esas maniobras extremas que llaman “de resucitación” para mantenerlo con vida. Así de grave estaba, con precarias posibilidades de sobrevivir.

Entre tanto, los padres del muchacho eran informados telefónicamente del accidente. Todo eran palabras de ofuscación. —¡¿Pero cómo?! ¡No! ¡No a mi hijo! Ahora estaban sus padres allí, sin saber si su hijo Fabián estaba vivo o muerto dentro del quirófano donde el neurocirujano le operaba para detener la hemorragia cerebral. Tres horas, hasta que lo pasaron a Terapia Intensiva con la cabeza cubierta de abultados vendajes. El cirujano informó a los familiares que su condición era crítica, y les pidió no despegarse de allí. Eran las dos de la mañana. El hospital estaba sumido en silencio y penumbras. Y en sufrimientos. Pasaron cuatro días sin que Fabián recuperara la conciencia.

Todo el reporte que recibían sus papás era un lacónico “Está estable”; pero nada más. El quinto día fue catastrófico para la condición del paciente. Sus signos vitales se abatieron y entró en agonía. Esa tarde, le colocaron un respirador mecánico como única opción para mantenerlo vivo. El pesar que causaba aquel panorama clínico se sentía como espesa angustia pegada hasta en las paredes del hospital. Aunque para los demás es intangible, a mí como médico me parecía casi palpable cuando pasaba visita aquel día. Me detuve a acompañar a la familia de Fabián Tello prefiriendo no hablar. Pero don Antonio, el abuelo, sí habló. —Sé cómo se sienten, —dijo a su hijo y a su nuera, que lloraban. —Yo también sufro, —continuó—.

Los médicos hacen lo posible por salvar a Fabián. A nosotros lo único que nos queda es orar pidiéndole a Dios que lo sane; y confiar en Él. Estamos en tormenta y sentimos hundirnos, hijos. Pero Dios lo puede todo. No perdamos la esperanza. No desesperemos. Pero sí desesperaron. Y con razón, pues a pesar de tantas rogativas y todos los esfuerzos de los doctores, Fabián seguía sin cambio favorable en su condición. Si acaso una noche, cuando la enfermera de turno notó que movía el pie como defendiéndose de una aguja con la que le habían agujerado el tobillo para administrarle plasma, y le dolía mucho.

La mañana siguiente el muchacho abrió los ojos y por primera vez balbució unas palabras. Llevaba ya nueve días en Terapia Intensiva. —Me duele— murmuró. Horas más tarde reconoció a su hermano, y luego a sus padres. —Mis boletos, papá—. El papá de Fabián no sabía de qué boletos hablaba su hijo, ni le importaba. Lo que sí le importaba es que ya pronunciaba palabras, y aquello lo alegró inundándolo de optimismo.

Esto que relato pasó hace tres meses. Ahora, tras los tratamientos de reactivación progresiva, el muchacho accidentado va recobrando poco a poco su vigor y se muestra entusiasta y alegre. Entre los médicos, extrañados de tal recuperación que rebasó las expectativas clínicas, no faltó alguno que comentara que aquel caso tenía visos de sobrenatural.

El día que referí al abuelo lo asombroso de la nueva salud casi espectacular de su nieto, me contestó: —Mire, yo tenía mucho miedo de que Fabián muriera cuando lo intubaron para que pudiera respirar. No sé si recuerde, doctor, —continuó—, pero usted me invitó a que fuéramos a orar a la capilla del hospital mientras los médicos hacían junta por el caso de mi nieto. Durante esas horas se tambaleaba mi confianza en Dios, pero oré suplicándole con todo mi corazón y con toda mi fe. Y mire usted, ¡cómo empezó Fabián a salir del estado de coma! —Dios nos obró el milagro de rescatar a Fabián de los brazos de la muerte. Lo demás lo siguen haciendo los doctores, —concluyó diciendo el abuelo, y sonriéndome con beatitud clamó—: —Los milagros existen, doctor. ¡Aquí tengo yo uno!

Este caso real sucedido recientemente en mi hospital me hizo pensar mucho. Medité que yo nací a mi vida de médico como científico educado a creer sólo en lo demostrable, y a razonar por método de lógica y deducción que lleven a conclusiones fundamentadas.

Pero después, la vida y los años de ejercicio profesional me enseñaron que hay hechos clínicos que traspasan la lógica y los razonamientos.

Me consta demostradamente que la ciencia médica resuelve únicamente problemas orgánicos, pero no los penetra ni a la interioridad emocional del paciente, ni a su dimensión espiritual. Por eso, para ejercer una auténtica Medicina personalizada, es necesario involucrar el ser entero del médico con la persona integral del enfermo en la culminación de llegar a hacerle sentir que estamos en una relación de ser humano a ser humano. Es ésta la manera en que llegamos a entender por qué el afecto y la espiritualidad, expresada en una fe penetrante, llegan a ser parte esencial de los procesos de curación desafiando incluso los pronósticos emitidos por las eminencias.

Por eso sostengo mi convicción de que los enfermos no se curan sólo con la ciencia, sino en gran parte a través de ellos mismos, cuando abren su interioridad a la confianza en Jesucristo, Señor de la vida y de la historia. Cuando confían y depositan su esperanza de sanar a través del amor de Dios.

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