Islas venecianas combaten la pérdida de población

martes, 21 de enero de 2020 · 11:22

El gran atractivo de Burano, una de las islas alrededor de Venecia, siempre fueron sus pescadores: Sus casas coloridas, las tradicionales roscas de mantequilla que comían los pescadores en altamar y los delicados vestidos de encaje que cosían las mujeres.

Pero a medida que disminuye la población, siguiendo el mismo fenómeno que registra la ciudad de Venecia, a 40 minutos de lancha, peligran viejas tradiciones y la misma economía de estos lugares.

Para contrarrestar esta tendencia, Venezia Nativa, una asociación de comerciantes de Burano y dos islas vecinas, está tratando de revivir viejos oficios para atraer nuevos residentes y retener a los jóvenes.

Domenico Rossi, de 49 años, es un pescador de cangrejos, igual que sus ancestros desde la época de la República de Venecia. Pero ese estilo de vida tiende a desaparecer.

Cuando Rossi era pequeño había unos 100 pescadores que recorrían la laguna al norte de Venecia en busca de cangrejos de concha blanda. Ahora es el más joven de la veintena que quedan y sospecha que en un par de décadas ya no habrá ninguno.

“Cuando desaparezcamos nosotros, desaparecerá Venecia”, expresó el hombre, nacido en Burano.

Rossi, no obstante, le ha prohibido a su hijo de 18 años que siga la tradición de la familia. No quiere que se dedique a un oficio que implica muchas horas de trabajo, ganancias inciertas y que cada vez está más regulado.

Su hijo está estudiando para ser chef. Y Rossi está dedicándose al turismo, sacando a pasear a la gente en su embarcación fuera de temporada.

Venecia lidia desde hace tiempo con el peligro de verse reducida a un museo viviente, un centro turístico cuya población se reduce cada vez más, comprometiendo la viabilidad de la ciudad. Actualmente hay 53.000 residentes permanentes en el casco histórico, un tercio menos que hace una generación.

Unas mil personas se van todos los años en busca de viviendas más baratas en tierra firme. Cada vez hay menos tiendas de barrio y menos servicios públicos.

En Burano y en dos islas vecinas, Mazzorbo y Torcello, es más evidente el impacto de la pérdida de población. Actualmente hay 2.700 residentes fijos y todos los años parten unas 60 personas.

Hace 40 años había dos escuelas primarias con unos 120 alumnos en cada grado. Ahora hay un par de docenas de estudiantes por cada grado.

Unos 30 dueños de comercios están tratando de garantizar el futuro de estas localidades alentando la preservación de viejos oficios y la llegada de turistas. Burano recibe 1,5 millones de turistas por año y no tiene los mismos problemas que enfrenta Venecia, que recibe 30 millones.

“Queremos que estas tres islas de la laguna del norte sean destinos turísticos separados de Venecia”, comentó el vicepresidente de la asociación Roberto Pugliese. Para ello debe ofrecer actividades como excursiones de pesca o paseos en lancha y promover el estilo de vida tranquilo de la zona, más allá de las tiendas de encajes, las vistas fotográficas, las casitas de los pescadores y la catedral bizantina de Torcello.

Un puente peatonal conecta Burano y Mazzorbo, región productora de vinos prosecco donde está operando de nuevo el viñedo de Venissa, abrió un restaurante con una estrella de Michelin y un hotel. Una treintena de empleados vienen las islas.

Los productores de encajes de Burano están tratando de revitalizar ese sector, haciendo a un lado manteles con decorados tradicionales para enfocarse en trabajos más artísticos.

En dalla Lidia, una tienda de encajes de Burano, Yuka Miyagishima, productora textil japonesa, lleva tres meses tratando de aprender un oficio que apenas un centenar de personas conoce, la mayoría de ellas ancianas. Es un trabajo manual durísimo con hilos y agujas.

Pugliese dijo que sería ideal que ella se quedase en la isla trabajando, pero Miyagishima afirma que su intención es regresar a Japón y seguir practicando el oficio allí.

Atraer gente de afuera no es sencillo, en parte por las leyes que regulan las viviendas. El 80% de las construcciones son pintorescas residencias de pescadores que fascinan a los turistas por sus coloridas fachadas, pero no tanto a los lugareños, que tienen las manos atadas. Numerosas leyes limitan las remodelaciones. Las casas no pueden tener más de dos pisos, cada uno de solo 20 metros cuadrados 215 pies cuadrados). Muchas están a la venta.

Las autoridades aprobaron preliminarmente algunos cambios que harían más fácil cosas como combinar dos casas pegadas en una. Pugliese confía asimismo en que Venecia autorizará a los hoteles alquilar habitaciones en la isla. Actualmente hay menos de una veintena de habitaciones disponibles, lo que implica que es casi imposible para un turista pasar la noche en Burano.

Igualmente complicado es convencer a los jóvenes de que no se vayan.

Federica Molin y su esposo tienen una panadería que produce las famosas roscas bussolai, con la forma de una O para que los pescadores las puedan colgar de sus mástiles y comerlas durante sus largas jornadas en el mar.

Su hija mayor vive en Milán, donde estudia veterinaria, y es poco probable que vuelva a la isla.

“Cuando escucho que alguien joven quiere volver, me entusiasmo”, dijo Molin. “Y cuando veo un moño rosado o azul anunciando un nacimiento en Burano, pienso que sí, que podemos tener más gente en la isla”.

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