Marchas de ira claman justicia

En la historia este sentimiento ha desatado cambios que han moldeado al mundo, en México ha tomado tintes feministas
domingo, 25 de agosto de 2019 · 01:26

Ricardo Raphael
CIUDAD DE MÉXICO (Apro).- En la biografía de la humanidad la ira ha sido motor principal de las transformaciones. Los celos volvieron iracundo a Menelao y por ello ocurrió la Ilíada. La ira de Dios es personaje central del Antiguo Testamento y también lo es del Nuevo, cuando Jesús corrió a los mercaderes que habían corrompido el templo.
La ira impulsó a Julio César en las Galias y conquistó castillos en la Europa medieval, la ira de los revolucionarios derrocó el absolutismo, la ira de Lenin terminó con los zares, y en México la ira de Francisco Villa y Emiliano Zapata son patrimonio venerado.
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Sin embargo, el derecho a la ira digna, en términos de Peter Sloterdijk, es prerrogativa que se conjuga en masculino. Si la mujer se atreve a ejercerlo es porque se trata de una hechicera, como Circe, o de las Harpías que acosaron a Ulises.
Zeus arroja el rayo iracundo, pero jamás podría permitírselo la diosa Hera. Morgana es iracunda porque es perversa, Juana de Arco está loca e Isabel I de Inglaterra, una dama muy sola.
A la mujer se le prohíbe gestionar de manera digna la ira; muy por el contrario, está obligada a erradicarla de su espíritu y su cuerpo porque tiene como misión principal contener la ira destructora del varón.
Cuenta la anécdota que Catalina I de Rusia, Marta Skavronska, era la única  persona capaz de apaciguar los ánimos impetuosos de Pedro el Grande; solía dar masaje sobre las sienes del zar cuando éste se hallaba furioso. 
Ese es el rol social permitido a la mujer. Es lo más cerca que ella puede estar de la ira, como límite y contención de la ira viril; la mujer como catalizador, como barricada opuesta a la naturaleza desbordada del macho. 
Detrás de un gran hombre hay una mujer que jala las riendas del corcel rebelde, pero está prohibido que los roles se inviertan, porque entonces sobrevendría el caos.
Con estos valores y mapas mentales hemos sido educados millones de mujeres y varones durante demasiados años.
Acaso esta gestión permisiva de unos, y prohibida para otras, sea parte de la explicación sobre la violencia que hoy destruye las relaciones entre los sexos. Nosotros, los Menelaos del siglo XXI, podemos matar por celos, hacer la guerra si la furia nos consume, reventarlo todo, porque arbitrariamente está escrito en nuestra biología.
En cambio ellas, las Circes contemporáneas, nada pueden contra la ira masculina. Están obligadas a soportar, a callar, a retirarse del conflicto, aunque en ello se jueguen la vida y la dignidad.
Es frente a esta doble impostura que ellas están hoy protestando: contra el derecho de los varones a ejercer su ira incontenible contra las mujeres, y también a favor del derecho de las mujeres para que su propia ira, tan humana, justa y digna como la del mejor revolucionario, sirva para pacificar lo que hoy es un territorio en guerra.
La ira es justa cuando México ocupa el primer lugar de feminicidios en todo el Continente Americano. La ira es justa cuando México está en el primer lugar mundial respecto al delito de abuso sexual. La ira es justa cuando se vive en la Ciudad de México o en los estados de México, Jalisco, Aguascalientes o Querétaro, donde suceden con mayor recurrencia actos violentos contra las mujeres.

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